miércoles, 16 de agosto de 2017

MUJER FRENTE AL CAOS


estar en este espacio
bajo esta piel que fluye
queriendo
que el principio se deshaga
como fruta aplastada por el ganado.
sin decir la sangre ni la herida.

sin raíz
sin playa
sin bolsillos.

los ausentes se demoran en su ausencia.
todo en mí parece permanente.

la herida es una herida,
aunque no sangre.

mis manos, el apéndice
de un olvido inabarcable y ruin.
el corazón,
ese asqueroso músculo
que bombea
como los metrónomos.

Andrea Aguirre

MUJER FRENTE AL CAOS
La Penúltima editorial, 2017



miércoles, 9 de agosto de 2017

TODOS TENÍAN UN PAPEL



Cuando recuerdo aquellos días, una de las sensaciones más hondas que me invade es: qué poco nos controlaban. Teníamos que ir al colegio, sí, pero que vigilancia tan parca: pasábamos más tiempo fuera del letargo de sus aulas -curioseando, discutiendo, descubriendo el mundo, jugando, o en el Salón de Billar- que encerrados en ellas. Los profesores, en tantas ocasiones con «pasado» de librepensador, solían saber su asignatura; no precisaban exigir compostura y respeto en sus clases, eso era algo que la educación recibida en nuestras casas más el temor al castigo, de infringir la norma, daba por sentado. Se les temía y se les admiraba a veces, porque podían ser muy brillantes. Pero no “se metían” en tu vida. Enseñaban, y de no aprender, te suspendían, pero no recuerdo que las faltas de asistencia constituyesen un grave problema, como tampoco lo era la diversidad de caracteres, inclinaciones, dedicación al estudio o ineptitud para el mismo. Felizmente, no existían psicólogos. Y la estupidez que destilaban ciertos libros del programa, se compensaba con frecuencia por la inteligencia y la astucia del maestro; como la intransigencia y vileza de alguno de estos, la equilibraba nuestra absoluta coraza de vitalidad social.



Porque los niños teníamos mucho donde elegir. Convivíamos con todos los representantes de esa «fibra social». Conocíamos y frecuentábamos a gentes de lo más diverso, y sin que en ningún momento se nos hubiera llevado a pensar que fuesen «extraños» al mundo: tratábamos con compañeros de todas las categorías; se mezclaban todos los sueños, las ilusiones más diferentes... y las memorias familiares más encontradas. Teníamos amistad con putas, con delincuentes, con feriantes, con mandos militares, con tenderos, con pescadores, con ricos y con pobres. Todos tenían «su» sitio al sol; el virtuoso y el depravado, el listo y el tonto, el afortunado y el tocado por la desgracia, el vencedor de aquella guerra tan cercana y el derrotado. Y de todos aprendíamos. Era una España sórdida, triste, en muchos de sus hijos, atemorizada. Pero latía. Se escabullía de leyes y ordenaciones que no negaba con palabras, pero burlaba con sus actos. La Censura podía ejercer su grotesca protección de las costumbres, mas circulaban los libros prohibidos a la vista de todos y las editoriales publicaban a una altura cultural que hoy no podemos sino envidiar. Las putas estaban en las puertas de sus casas y en los bares, y los niños hablábamos con ellas con toda naturalidad y con no menor desenvoltura subíamos a sus habitaciones; ni ellas, ni las mujeres ya maduras que «iniciaban» a los adolescentes, ni los caballeros que tenían trato con jovencitas, ni estas ni nosotros imaginamos nunca estar violando ley alguna, salvo el perfume excitante del pecado, en quienes tuvieran creencias religiosas, que añadía encanto a las manipulaciones.

La nación podía flagelarse espiritualmente con patéticos Rosarios de la Aurora o Adoraciones Nocturnas, o amenazantes sermones, pero la misma penitente del alba bien podía, a la hora de la siesta, entregar sus suspiros al ansia de un mozalbete, o el venerable esposo de la iniciadora aprovechar la tarde de «trabajo en el despacho» para pasarla en un burdel. Los médicos fumaban y bebían y en algunas ocasiones eran morfinómanos conocidos; los curas tenían urgencias de hombre, y no era raro que supieran satisfacerlas, como el ascetismo de su Religión no solía quitarles el apetito.

Todo el mundo cumplía su papel. El borracho de la calle, era eso: el borracho de la calle; como el matrimonio que se llevaba mal; como el mariquita; como la «viciosa»; como el «calavera»; como el tonto o el loco: formaban parte de la sociedad. Mucha gente podía criticarlos, en ocasiones con dureza, pero no se negaba su existencia, nadie –salvo algún cretino– pretendía redimirlos, «curarlos», y quien lo urgía ese sí era objeto de la guasa general. La abyección de la moralina que constituía los principios sagrados del Franquismo, aliñados por el vinagre del Catolicismo al uso, no dejaba de ser un ciclorama ante el cual sucedía la vida de la sociedad, que si parecía acatar aquel código indigno –y, sobre todo, mezquino–, en verdad se esforzaba en lo que le daba la gana.


José María Álvarez
LOS DECORADOS DEL OLVIDO